Pintura para ser sentida, no solo mirada
A menudo, la vida da giros inesperados. Lo que parece perfecto puede convertirse, de repente, en un abismo bajo los pies. En 2007, con 29 años y dos hijos pequeños, vi cómo todo mi mundo se desmoronaba. Dicen que la vida aprieta pero no ahoga, y en mi caso, esa presión me empujó a persistir a través de la enseñanza.
Llegué a tener 220 alumnos por semana. Pero cada viernes sentía lo mismo: «Otra semana sin haber hecho nada». Aunque aportaba valor, sentía que no estaba realizando aquello para lo que realmente había venido al mundo: crear.
El arte como refugio y comunidad
En ese camino de búsqueda no estuve sola. El arte me regaló proyectos que me salvaron. Junto a Marta y Mariona, y con el apoyo fundamental de los vecinos de Sta. Eugènia, dimos vida al Festival monar’T. Empezamos pintando murales para demostrar que el arte urbano podía transformar realidades. Creamos proyectos sociales y colaborativos que me enseñaron el valor de la conexión humana a través del grafiti y el muralismo. Fueron años intensos de entrega absoluta, aunque a veces las cuentas no salieran.
Sin embargo, a pesar de la belleza de compartir, sentí que debía encontrar mi propia voz. Tuve una profunda reflexión y pedí al universo encontrar mi verdadero camino.
El arte que te abraza
Tras tantos años de oficio, entendí algo fundamental: una obra, más allá de su técnica, tiene una vibración propia. Comprendí que el arte debe dejar de ser un objeto colgada en una pared para convertirse en algo que se siente, algo que te envuelve.
No se trata de juzgar si una obra es «buena o mala» por su ejecución académica. Se trata de entender que, igual que la música, el arte transmite una frecuencia. Una obra puede ser estridente o «chillona», o puede ser una canción suave de piano capaz de transformar la energía de toda una estancia. Así nació mi Pintura de Alta Vibración: piezas que te abrazan a través de texturas envejecidas, desgastes naturales y la síntesis de la naturaleza en gran formato.
Wabi-sabi e Ikebana: El encuentro con mi esencia
En 2020, poco después de crear mi primer catálogo, descubrí que lo que yo hacía de forma intuitiva tenía un nombre milenario en Japón: Wabi-sabi e Ikebana. Estos conceptos de belleza en lo imperfecto, lo efímero y lo sereno eran el reflejo exacto de mi alma.
Siempre estaré agradecida a mi gran amigo Adrià, quien me ayudó a aclarar mis ideas y a traducir todo ese sentimiento en las palabras e imágenes que hoy comparto con vosotros.
Hoy, mi misión es que cuando entres en un espacio con mi obra, no veas un cuadro: sientas un refugio. Mi arte es el resultado de un viaje desde el abismo hasta la paz, y mi propósito es que esa nota sostenida de calma te acompañe cada día.
Empordà – Lanzarote – The World

